26 de mayo de 2016

Metropolis (1927)

Acabo de ver Metropolis, una película de 1927 dirigida por el austriaco Fritz Lang, y me quedó una sensación rara.

La película está muy bien hecha. Vengo mirando cine "en orden" (desde su creación en adelante) y Metropolis representa un salto enorme a las películas que habían existido antes. Tiene excelentes actuaciones, una historia compleja pero claramente contada, escenografías espeluznantes y centenas de actores. Una verdadera superproducción. Por momentos, dan ganas de poner pausa para quedarse viendo algunas escenas detenidamente, llenas de extras que cumplen diferentes roles.

¿Cuál es el problema con Metropolis, entonces? El final. Les resumo el argumento: Metropolis es una ciudad del futuro en la que la clase alta ha oprimido a la clase baja incluso más que ahora. La clase baja, organizada por una mujer (feminismo, punto a favor), comienza a planear la revolución. Y avanza hacia ella.

(Si van a ver la película, no sigan, porque voy a contar el final. Se los aviso).

La cuestión es que el pueblo trabajador se levanta contra sus opresores, aunque no liderados por esa mujer, sino por un androide que tomó su forma. Lo extraño es que las ideas del androide (recuperar la ciudad por la fuerza) son claramente mejores que las de la mujer: esperar la llegada de "un mediador", una especie de Jesucristo redentor.

La revolución triunfa gracias a la locura del androide, pero al final de la película, en lugar de que los trabajadores organicen la ciudad para que todos puedan ser felices, pareciera que están obligados a "hacerse amigos" de sus opresores.

La última escena (un obrero explotado dándole la mano a su jefe explotador) me pareció ingenua, perversa, equivocada: los cambios importantes en el mundo no llegan pidiendo por favor, creo que eso lo sabemos todos. Llevamos años pidiendo por favor que se terminen las guerras, pero en estos momentos están matando un niño inocente en Asia.

Los cambios importantes llegan con conciencia y organización, y luchando contra los que quieren sostener las injusticias del mundo. Metropolis refleja muy bien cómo funciona el mundo desde 1927 (hombres de traje y corbata, injustos, lastimando la vida de millones) pero propone una solución malísima, que no solucionaría nada, sino que mantendría para siempre la injusticia.

Lindísima película para ver, pero siempre atentos al horrible mensaje final.

19 de mayo de 2016

Veinte poemas de amor y una canción desesperada (Pablo Neruda) [1924]

¡Cómo te salvaste, Neruda! Empecé con poca fe este libro, una recopilación de poemas que el chileno escribió cuando era joven. Conocía poco de él, pero su "me gusta cuando callas porque estás como ausente" siempre me pareció repulsivo. Machista. ¿Qué pasa, Neruda? ¿Te gustan las mujeres calladitas, que no discuten, que no defienden su opinión? ¿O le escribías a una pesada que cuando hablaba era insoportable?

Qué horrible que te digan "me gusta cuando callas porque estás como ausente". ¡No! Lo que te está gustando, entonces, es que la chica no esté. Te gusta su ausencia, Neruda. O sos histérico o sos una persona horrible.

"Me gusta cuando hablas, porque no te reprimes". Esa es la que va, Pablito, y no ese machismo tan lógico en la década del 20, pero de todos modos indefendible.

Pensé hacer un texto destrozando a Neruda, especialmente después de leer los primeros 17 poemas de amor. Los sentí toscos. Me aburrieron. Me pareció que ponía siempre a la mujer en un espacio pasivo y que tenía más ganas de lucirse él y su falsa "profundidad" (¿deseos sexuales insatisfechos, Neruda?) que abrazarla a ella.

Lean el inicio del N°12:

"Para mi corazón basta tu pecho,
para tu libertad bastan mis alas.
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma".

¿Eso es un gran poema? Eso es una pavada, con poco riesgo, lo puede escribir mi primo Facundo, Neruda. Y Facundo no es uno de los mejores poetas del siglo XX. Pero te salvaste, Neruda. Te salvaste porque el 18 y el 20 están buenos.

El poema N°18 está bien sólo por dos ideas: "Amo lo que no tengo" y "Me miran con tus ojos las estrellas más grandes". Como verán, tampoco es que descubrió la vacuna contra la injusticia.

El N°20, en cambio, vuela un poco más: es la despedida, el último verso para una amada. Me tocó algún sentimiento real, porque yo mismo escribí algo así a los 16 años: "Pierde la oscuridad poco a poco tu forma" y "¿Vale que llore un par de lágrimas sin sentirlas?".

Neruda, por su parte, se despide diciendo: "Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise". Después, redobla la apuesta: "Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido". Y cierra a lo grande: "Aunque este sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo".

En definitiva, el libro no me gustó y no volveré a leer a este tal Neruda, pero igual, el poema N°20 es buenísimo. Zafaste, Neruda.

15 de mayo de 2016

El último paraguayo (Leandro Ramos) [2014]

[El último paraguayo es un texto escrito e ilustrado por el argentino Leandro Ramos en el año 2014; y reformulado por su amigo Martín Estévez en 2016]

Marco, nunca jamás en la vida, había sufrido tanto en la camioneta. Viajó apretadísimo, con las rodillas flexionadas hasta el pecho, con el cuerpo entumecido. Pero por suerte ya estaban llegando. La visita a Paraguay era una tradición de la familia Estigarribia, aunque esta vez el motivo fue triste: la enfermedad del viejo Agustín. En él pensaba Marco, en su abuelo, en toda la energía que tenía el año pasado.

La tía Estela les había comunicado por teléfono que su salud andaba mal. Marco sabía qué era la muerte: el año pasado, allá en Buenos Aires, habían asesinado a balazos a Brian, su compañero de colegio.

—Hace dos días que le cuesta levantarse -les dijo Estela apenas bajaron de la camioneta. El abuelo, igual, sonreía. Esa noche, incluso, comió en la mesa, impulsado por la presencia de sus únicos nietos, y repitió la historia de su tío:

—Fue el último caso de muerte por viruela. Se la llevó él, de tan valiente que era.

La noche siguiente, lo llevaron al hospital: tosía sangre, no podía comer. A las tres de la madrugada, Marco se quedó solo con su abuelo, anestesiado. Paraguay no le gustaba. El abuelo comenzó a susurrar cosas.

—¿Hace calor, Marquitos? -fue lo primero que entendió.

Le avisó a la enfermera que el abuelo tenía calor. El viejo agradeció. Marco sufría. Quería salir corriendo.

—Quiero contarte lo del Cerro Corá, Marquitos. ¿Hay tiempo?

—Sí –respondió seco.

—En el Cerro Corá no había tiempo. La guerra se terminaba, y lo que termina, todos se lo olvidan. En esa guerra, Marquitos, el olvido y la mentira fueron la misma cosa. La misma.

Marco sabía la historia. Un tatarabuelo de su abuelo, Agustín Estigarribia, había estado en esa guerra. El abuelo la había contado de muchas formas diferentes.

—Hacía calor, Marquitos. Hacía cinco años que tres naciones se habían unido para destruir al Paraguay. Los brasileños apuraban nuestra retirada. Cuatro mil quinientos soldados brasileños contra cuatrocientos cincuenta defensores paraguayos, que ya no podíamos defender más que nuestras vidas.

“Podíamos”, dijo el abuelo. Marco se dio cuenta.

—La retirada es lo más doloroso. Ninguno mira para atrás. Los invasores acusan a nuestro presidente, Francisco Solano López, de tirano. Todas mentiras. Él mismo nos lidera. La mitad de nuestras fuerzas son mujeres, viejos y chicos. Tenemos miedo. Sólo cincuenta de los que quedamos somos soldados de verdad. Me parece que soy el único que está en la guerra desde el prinicipio. Estuve en el Mato Grosso, en el Iberá, en Tuyutí...

El abuelo tenía los ojos cerrados.

—En el Cerro Corá, soy el último de la fila. Está bien morir al final, porque después la angustia termina. No hay nada peor que saber que, después de que te maten, la guerra y los asesinatos van a seguir. Entonces es mejor así. Los brasileños están cerca. Tenemos que organizar una línea de defensa, la que podamos. Las mujeres y los chicos se niegan a escapar. Quieren luchar con nosotros. Mientras en la Argentina y en el Uruguay ya nadie recuerda esta guerra, el Brasil está deseperado por nuestra eliminación total. La batalla final empieza. Pero ya ni odio nos queda. Ni odio ni razones. La guerra lo destruye todo, incluso a los brasileños, pero no se dan cuenta.

Respira fuerte, raro.

—Ya nos están matando. Fernández, el coronel Caminos, el general Francisco Roa, Benigno Campos. Les veo los ojos mientras mueren y no puedo hacer nada. Francisco Espinoza, antes padre de una parroquia, maldice a los porteños traidores. Cubro la huida de un grupo de mujeres y, al volver, la guerra está perdida. Solano López se mantiene sobre su caballo y los brasileños lo rodean. Lo tumban. Agarran a su esposa. Él grita: “¡Muero por mi patria!”. Y no muere: lo matan.

Marco pensó en llamar a la enfermera.

—Quedábamos diez. Diez paraguayos. No aguantamos mucho. De pronto fuimos dos, reconocí a mi compañero. Lo había visto tantas veces, pero nunca conversamos. Parecía de mi edad, tenía un poco mi cara. Maté a un soldado brasileño demasiado confiado, pero mi compañero muere. Estoy solo. Te juro que lo pienso: soy el último paraguayo en tierra paraguaya. Es lo último: una bala me revienta por el costado. La muerte me recorre, y no duele. De pronto estoy corriendo por la orilla de un arroyo, Marquitos, corro por la orilla de un arroyo.

El abuelo levantó la voz. La enfermera se acercó.

—Los brasileños festejan. O alguno me alcanza o me voy a morir desangrado antes de llegar a esos árboles. No sé por qué corro, pero corro. No quiero morir postrado. ¡Corro, Marquitos, corro! No hay que morir sin emoción.

El abuelo sonreía. La enfermera le clava una aguja con algo.

—Qué lindo el sol, Marquitos. Acá va toda mi sangre de una vida. No quiero morir como en estos meses. ¡No quiero morir como un muerto!

El abuelo no habla más. Agustín Estigarribia no habla más. Marco aguanta llorar. Su mamá entra a la sala. Marco sale. Camina hacia la casa. Afuera, los nombres de las calles se parecen a los de la historia de su abuelo. Vuelve a aguantar el llanto. Sin saber por qué, recuerda a Brian, su compañero del colegio. Muerto a balazos, allá lejos, en Buenos Aires.

9 de mayo de 2016

Fervor de Buenos Aires (Jorge Luis Borges) [1923]

Fervor de Buenos Aires es el primer libro que publicó el argentino Jorge Luis Borges. Se trata de una recopilación de poemas escritos hasta 1923. Aunque no me apasiona leer en verso, le di una chance porque se trata de Borges.

No voy a decir que me gusta leer a Borges, porque esas cosas no se dicen. Tampoco hay que decir que nos gusta escuchar Los Beatles, que somos fanáticos de un club de fútbol o que queremos mucho a nuestra mamá. Si hacemos esas cosas, tan universales, tan políticamente correctas, hay que hacerlas en total silencio, como disimulando lo contrario. El resto es demagogia o pérdida de tiempo.

La cuestión es que estos primeros versos de un Borges de 23 años tienen una virtud: son claros. Le escribe, entre otras cosas, a las calles de Buenos Aires, a la Plaza San Martín, a su bisabuelo, al 31 de diciembre, y dos glorias: al truco (sí, al juego de naipes) y a Juan Manuel de Rosas. No es lo más interesante que se puede leer de él, pero está bien para empezar.

Les dejo el texto del truco, porque me parece un buen ejemplo del tipo de poema que supo escribir Borges.

 El truco
 Cuarenta naipes han desplazado la vida.
 Pintados talismanes de cartón
 nos hacen olvidar nuestros destinos
 y una creación risueña
 va poblando el tiempo robado
 con las floridas travesuras
 de una mitología casera.
 En los lindes de la mesa
 la vida de los otros se detiene.
 Adentro hay un extraño país:
 las aventuras del envido y del quiero,
 la autoridad del as de espadas,
 como don Juan Manuel, omnipotente,
 y el siete de oros tintineando esperanza.
 Una lentitud cimarrona
 va demorando las palabras
 y como las alternativas del juego
 se repiten y se repiten,
 los jugadores de esta noche
 copian antiguas bazas:
 hecho que resucita un poco, muy poco,  a las generaciones de los mayores
 que legaron al tiempo de Buenos Aires
 los mismos versos y las mismas diabluras.

4 de mayo de 2016

Trilce (César Vallejo) [1922]

Acabo de terminar Trilce, un libro de poesías del peruano César Vallejo que fue publicado en 1922. Y me generó esta reflexión.

La valoración que hago de una obra literaria, en este momento de mi vida, tiene tres niveles. El libro que cumple mis expectativas en los tres niveles, me gusta mucho. Si no lo hace en ninguno de los tres, me parece malo. Si cumple en uno o en dos, entra en terreno gris, de discusión, de "me gusta, pero...".

1) El primer nivel es el estético. El modo en el que está escrito, la creatividad, los recursos literarios, los giros argumentales. Todo lo que tiene que ver exclusivamente con la belleza, lo agradable, lo copado. Es la condición que menos me importa.

En este nivel se destaca Trilce: cada poema es un cachetazo a la lógica, tienen palabras inventadas, ideas curiosas, párrafos que aparecen alineados a la derecha o a la izquierda, faltas ortográficas escritas a propósito. César Vallejo es muy original y puede ser considerado un precursor del estilo estético de Juan Gelman, un escritor muy hermoso.

2) El segundo nivel es el ideológico. Y me importa más que el estético. Se trata de cuál es la intención del escritor, qué genera, qué nos quiere decir, qué le pasa a la persona luego de leer su obra. Si un autor es creativo y divertido, pero nos quiere enseñar que los negros son malos y los blancos son buenos, entonces su creatividad se va al tacho. Si, en cambio, propone desde su estética una forma distinta de pensar las cosas, ya que cree que el mundo está mal, y entonces hay que ordenarlo de nuevo, a su valor estético se suma el ideológico, y su libro me gusta el doble.

En el caso de Trilce, para ser sincero, la ideología está escondida, es difícil de definir. Y esto se conecta directo con el tercer nivel.

3) El tercer nivel es su dificultad. Si un libro está bien escrito y postula un mundo más justo, puede tener un problema grave: que lo entiendan muy pocos.

¿De qué sirve un libro que podría construir un planeta mejor si nadie lo entiende? Si yo escribo: "Redimirá el exesclavo aquel rojor al tomar posesión de lo aburguesado", tal vez una pequeña parte de la población podrá deducir que me refiero a que los descendientes de los oprimidos en siglos anteriores (pueblos originarios, africanos, la clase trabajadora) deben unirse para luchar contra la clase alta que los sigue oprimiendo para terminar con esa opresión y, así, honrar la sangre derramada de los que sufrieron en el pasado. Pero no sirve que sólo lo entiendan muy pocos: para cambiar el mundo, tenemos que ser muchos. Y para disfrutar de la literatura, también.

Un libro puede ser genial sin ser imposible de entender para una parte de la población. Si alguien escribe para unos pocos, no me interesa. Me parece egoísta. El arte tiene que llegar a la mayor cantidad posible de lugares.

Trilce, de César Vallejo, cumple con el primer nivel, pero no con los otros dos. Su estética es interesante, pero, al menos para mí, sus textos son difíciles de entender. Por eso, ni siquiera sé si comparto su ideología, porque no llego a descifrarla.

Como despedida, y para que entiendan un poco más de qué estoy hablando, transcribo uno de los poemas que representa mejor lo que quiero decir.

XXXII

999 calorías
Rumbbb... Trrraprrrr rrach... chaz
Serpentínica u del bizcochero
engirafada al tímpano.

     Quién como los hielos. Pero no.
Quién como lo que va ni más ni menos.
Quién como el justo medio.

1,000 calorías
Azulea y ríe su gran cachaza
el firmamento gringo. Baja
el sol empavado y le alborota los cascos
al más frío.

     Remeda al cuco; Roooooooeeeis...
tierno autocarril, móvil de sed,
que corre hasta la playa.

     Aire, aire! Hielo!
Si al menos el calor (__ __ __ __ __ _Mejor
no digo nada.

     Y hasta la misma pluma
con que escribo por último se troncha.

     Treinta y tres trillones trescientos treinta
y tres calorías.

29 de abril de 2016

José Ortega y Gasset era injusto (1921)

Este texto en realidad iba a ser sobre España invertebrada, un libro que escribió José Ortega y Gasset en el año 1921. Pero lo leí y me generó tanto descontento, tanto rechazo, que cambié la idea: el objetivo ahora es dejar claro que no estoy para nada de acuerdo con Ortega y Gasset. Me parece injusto, cruel. Me parece mala persona.

Nunca había leído nada de él, pero su nombre no me sonaba mal. Me parece que siempre que lo escuché nombrar era porque citaban alguna ingeniosa frase suya. Por eso, cuando leí España invertebrada me llevé la sorpresa de encontrarme con un hombre horrible.

Él piensa que hay personas superiores a otras. Eso es ser fascista. Cree que hay que dominar a los otros por la fuerza; piensa que la guerra está bien; considera que unos pocos tienen que dominar a muchos. ¡Puaj!

Por si no me creen, algunas frases repulsivas que encontré en el libro:

* "En toda clase, en todo grupo que no padezca graves anomalías, existe siempre una masa vulgar y una minoría sobresaliente".

* "Dondequiera asistimos al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores".

* "Negándose la masa a lo que es su biológica misión, esto es, a seguir a los mejores, no aceptará ni escuchará las opiniones de éstos, y solo triunfarán en el ambiente colectivo las opiniones de la masa, siempre inconexas, desacertadas y pueriles".

* "Resulta completamente ocioso discutir si una sociedad debe ser o no debe ser constituida con la intervención de una aristocracia. La cuestión está resuelta desde el primer día de la historia humana; una sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es una sociedad".

Me declaro, hoy mismo, enemigo del español José Ortega y Gasset. Aunque ya esté muerto. Porque nunca es tarde si la causa es justa.

14 de abril de 2016

Seis personajes en busca de autor (Luigi Pirandello) [1921]

Seis personajes en busca de autor es una obra de teatro escrita por el italiano Luigi Pirandello en el año 1921. La edición que leí tiene 150 páginas.

Se trata de muchas cosas: del dolor de una familia, de la opresión de la mujer y, especialmente, del teatro. A esta estructura (una obra de teatro que habla sobre cuestiones internas del teatro) se le llama meta-teatro.

Empecé el libro con pocas ganas, porque leí que Pirandello estuvo fuertemente vinculado con el fascismo, ideología responsable de la muerte de millones de personas durante la primera mitad del siglo XX.

Se me hizo pesado el principio, pero la segunda mitad de la obra es más interesante y se pasa rápido. ¿Si hay que leerla? Yo diría que a los fascistas como Pirandello es mejor castigarlos con la indiferencia, así que no, no lo lean.

7 de abril de 2016

Víctor Sawicki (1925-2010)

En 2005, cuando mi abuelo Víctor estaba por cumplir 80 años, decidí ayudarlo a contar su historia, para imprimirla y regalársela a quienes lo visitaran el día de su cumpleaños. Fueron unas tardes hermosas, anotando y anotando. Quedó esto.

“Hola, soy Víctor Sawicki, y les quiero contar mi historia... Nací el 18 de diciembre de 1925 en una aldea llamada Cviñuji, en Polonia. Esas tierras, hoy, pertenecen a Ucrania. Había ahí unas cien casas, alejadas unas de otras. En ese lugar me tuvieron mi papá Basilio y mi mamá María, y ahí viví hasta los 4 años.

Éramos nueve hermanos, yo era el tercero entre los más grandes. En 1929, mis papás decidieron viajar a América. ¿Aviones? Ja. Fueron 14 días en barco, 14 días seguidos en el mar. Eso que ahora llaman “hacer la América”, eso hicieron mis papás. Quisieron una vida mejor para ellos y sus hijos.

Llegamos al puerto de Buenos Aires. Esa fue la primera vez que pisé una ciudad, y enseguida nos fuimos al lugar donde, si Dios quería, viviríamos: Misiones. Y ahí, en mi Misiones querida, viví desde 1929 a 1945.

Teníamos un campo propio, donde mi papá trabajaba y todos lo ayudábamos en lo que podíamos. Yo, a los 7 u 8 años, ya trabajaba todo el día en el campo. Y también empecé a ir al colegio. Para llegar, tenía que caminar unas treinta cuadras... Me gustaba la escuela, pero sólo llegue hasta tercer grado: una vez que aprendías a leer y a escribir, para el campo no hacía falta más...

Pese a los años, es imposible olvidarla: nadie puede olvidarse de la escuela. Éramos unos 40 chicos, todos extranjeros, todos con problemas con el idioma. Al menos nosotros hablábamos en ruso. Pobres los dos chicos alemanes que no podían comunicarse con nadie... Al que se portaba mal, lo hacían arrodillar en maíz, o en arroz. No era tan sencillo como parece: teníamos pantalones cortos, los granos te marcaban todas las rodillas. Por suerte, nunca lo sufrí. Es que me portaba bien...

¿Cómo era vivir en un país del que desconocía el idioma? Y, uno se arregla... Era así nuestra vida, no existía elección. Ibas al almacén y no podías pedir algo: lo tenías que señalar, mostrar con el dedo qué era lo que querías comprar. Y eso cuando había plata para comprar algo, cuando andaba bien la cosecha...

Si bien mi papá era el que hacía el trabajo más duro, yo me esforzaba mucho. Sacaba yuyos, cosechaba yerba, todo con las manos. En los pocos ratitos que teníamos libres, con los otros chicos jugábamos con una pelota de trapo, a las escondidas, a la mancha... ¿Si corría mucho? Sí, yo era rápido, le ganaba a algunos.

Cuando digo que llegué hasta tercer grado parece que fueron tres años, pero no. En realidad fueron cuatro: primero inferior, primero superior, segundo y tercero. En ese momento, la primaria terminaba en sexto grado. Como empecé el colegio a los 8 años, terminé como a los 13. De todos modos, no hagan cuentas, puedo equivocarme: la memoria falla...

Aprendí a hablar castellano, más o menos bien, a los 10 años. Es que en casa, y en casi todos lados, hablábamos en ucraniano. La vida cotidiana era tan distinta... Mi papá, si nos portábamos mal, nos daba con el cinto. Sí, sí, recibí yo también, pero sólo una o dos veces. Mamá era la que pegaba más: con la mano, con un trapo, con una toalla... Y yo me peleaba mucho con mi hermano.

Cuando dejé la escuela, empecé a trabajar todo el día en el campo. En verano, doce horas, de sol a sol. Todos los días. En invierno, ocho horas, que era todo lo que se podía. Comíamos mandioca, polenta, chancho... Vivíamos todos juntos, los diez en una casa. Había lugar para una cocina y dos piezas. Tuvimos que poner una cama en la cocina, porque no entrábamos. Dormíamos de a cuatro en una cama... ¿Colchones? Las camas eran pasto y paja arriba de la madera. Nada más que eso. Viví así hasta los 19 años. A medida que crecíamos, se hacía más difícil entrar.

Basilio, mi papá
Mi papá, Basilio, nació en 1897. Peleó en la Primera Guerra Mundial, donde murió tanta gente... Estuvo en la Guerra dos años, en 1917 y 1918. Siempre hablaba de eso: de cómo disparaban de lejos, cómo se escuchaban los disparos de escopeta por todos lados: puuum, puuum por todos lados. Ellos estaban en la reserva: eran los más jóvenes y los usaban para cavar los pozos que se usaban como trincheras.

Mis hermanos y un recuerdo triste
Como dije, éramos nueve: Basilisia, Ignacio, Yo, Juan (vivió poco tiempo), Juan, Gregorio, Basilisia, Ana y Vladimir. Mi hermana mayor, Basilisia, murió en 1936. Ella reclamaba por la gente, para que nos trataran mejor, para vivir mejor. Una vez fueron cincuenta personas a reclamarle al comisario y los mataron, mataron a varios. Entre esas 50 personas, estaban Basilisia y uno de mis tíos.

La independencia
En mayo de 1945, a los 19 años, me fui de Misiones. Junto con dos amigos, viajé hacia Buenos Aires. Me alejé de mi familia y fui a vivir con uno de mis hermanos, que se había ido antes.

Todo fue muy distinto. En Misiones nunca había visto un avión o un tren. Allá pasaba un avión por semana y todos, hasta los grandes, salíamos a mirarlo hasta que desapareciera, como si fuese algo de otro mundo.

En esa primera época en Buenos Aires, viví en Pompeya. Conseguí trabajo rápido, en una fabrica de bizcochos. Mi labor era llevar los bizcochos desde el horno hasta las cajas. Mi turno era de 4 de la mañana a 12 del mediodía. Tenía que levantarme a las dos y media... Iba en colectivo, pero entraban sólo once pasajeros sentados. Había uno más grande, dónde entraban 21 y ocho más parados. Y más, no te llevaban, tenías que esperar el siguiente. El boleto valía diez centavos, pero hasta las once de la mañana valía solamente cinco, por eso mucha gente aprovechaba y salía a pasear.

Yo tenía mis salidas también, pero en Misiones. Los sábados iba a los bailes que se hacían en los clubes desde las 10 de la noche hasta las 3 de la mañana. En Buenos Aires, en cambio, no salía. Es que en Misiones éramos todos paisanos, y en Buenos Aires no.

Después de un mes de trabajo en la fábrica de bizcochos, me pasé a una carpintería grande. Ahí trabajábamos como ochenta personas, todos en un galpón. Nos pagaban por hora. El sindicato no permitía trabajar más de ocho horas, pero nosotros necesitábamos la plata, y trabajábamos diez, once horas... Hasta los 28 años (1953) ese fue mi trabajo.

Después de tantos años, ya empecé a salir más, a tener amigos. A partir de los 23 comencé a ir a los bailes que había en Retiro, en el Parque Japonés, íbamos a comer a una pizzería... Eso sí: mis amigos eran todos extranjeros. Me acuerdo, ¡cómo no me voy a acordar de ellos!: Juan, Nicolás, Esteban, Pedro, Basilio, Simón, Gregorio, Eugenio... El amigo más bueno que tuve es Gregorio. Con él visitábamos chicas. No eran novias: nosotros íbamos, la chica nos servía mate, nosotros tomábamos... Jugábamos a ver quién tomaba más, ja, ja... Eso fue hasta 1950. Entonces conocí a mi mujer.


Cuando Víctor conoció a Fanny
Nos conocimos en las reuniones, en los bailes de comunidades que se hacían en las casas. Nuestros papás no nos permitían tener amigos que no fuesen extranjeros como nosotros. Nos vimos varias veces, y en 1951 empezamos a salir.

Antes, en 1949, me había ido a vivir solo, a Valentín Alsina. Siempre me cocinaba lo mismo: sopa de espinazo (con fideos, arroz) y un churrasco.

En esa época, nos mandábamos algunas cartas con mis padres. De todos esos años, yo pude ir dos veces a Misiones. Y una vez vino mi papá a Buenos Aires: fue cuando se casó su primer hijo, lo que representaba un gran orgullo para él. Pero llegó el final de la Segunda Guerra Mundial, algunos cambios en la Unión Soviética, y decidieron volver a Rusia, convencidos de que podrían vivir mejor, mucho mejor. Mi papá, mi mamá y cinco de mis hermanos regresaron a nuestra patria.

El 31 de enero de 1952 me casé y, dos días después, mi mujer vino a vivir conmigo a Valentín Alsina. Y, en 1955, Elvira llegó al mundo.

Elvira, mi primera hija
No la agarraba en los brazos, no sabía como tenerla, tenía miedo de lastimarla... Cuando se sentaba, ahí sí la tenía conmigo. Pero acá en Argentina no pudimos dejarla mucho tiempo, porque en 1956 decidimos volver a Europa.

El viaje lo hicimos en un barco carguero. Fueron 24 días en el mar. Al llegar, nos instalamos con mis padres en Gorojov, en una aldea llamada Mariánovka. En ese lugar seguí con mi oficio de carpintero: hacía puertas, ventanas... Trabajé ahí entre 1956 y 1968. Era una fábrica de azúcar, y dentro de ella estaba la carpintería.


La vida en Rusia no fue fácil. Recuerdo que, cuando llegué, viajé a un pueblo para comprar zapatos y volví con las manos vacías: ¡no había, no había zapatos! No había pan tampoco, sólo daban uno por familia, que valía diez centavos. Y no había mucha carne, pero igual si había no podíamos comprarla: con lo que ganabas por un día de trabajo no podías comprar ni un kilo de carne. Definitivamente, queríamos volver a la Argentina.

Además de mi trabajo en la carpintería, edificaba en la casa los domingos. No me gustaba trabajar en invierno: las maderas estaban congeladas. Había que agarrar la pala, sacar la nieve, buscar las maderas... Y, después, caminar un kilómetro y medio para ir a comer. Me cansaba. La verdad es que me cansaba mucho.

En 1966, 1967 mejoró un poco la cosa. Ya había pan, al menos. Nosotros comíamos siempre sopa, sopa con papas. Recuerdo que había un vecino que tenía una cámara de fotos. Hay una foto de Elvi, muy chiquita... Deben haber unas tres o cuatro fotos de esa época.

El gobierno soviético te obligaba a comprar el diario. Salían un diario y una revista por semana, y tenías que comprarlos sí o sí. También había revistas de chistes, pero no se conseguían.

Tatiana completa la dinastía
Cuando nació Tati, en 1960, fue como cuando nació Elvira, la misma sensación de alegría. Yo trabajaba mucho, y por eso no tenía mucho tiempo para estar con ellas. Y quería volver a Argentina. Uno siempre quiere volver a casa...

En 1967, por fin, se produjo el retorno. Esta vez, nos olvidamos de los barcos: viajamos en avión, un KLM holandés. Primero tuvimos que llegar de Moscú a Amsterdam, fueron más o menos dos horas. Y luego sí, diez horas de avión hasta Buenos Aires. Al año siguiente se vinieron todos nuestros familiares y volvimos a estar juntos.

Nos fuimos a vivir los cuatro (mi mujer, mis hijas y yo) a Villa Caraza. Alquilábamos una pieza, que ni cocina tenía. Tuvimos que luchar mucho, hasta que por fin pudimos comprar un terreno, ahí en Caraza.

¿Cómo conseguí trabajo al volver? Bastante más fácil que como se consigue ahora. Compré el diario y había que ir cerca de la antigua cancha de San Lorenzo. ‘Necesito maquinista y carpintero’, decía el aviso. Fui, y el patrón me dijo: “Vení a la una de la tarde que empezamos”. Así de rápido.

Ahí hacía muebles, era una fábrica de sillas, y trabajaba ocho horas por día. Estuve un año y cuatro meses. Mientras, los domingos, edificaba con mi señora. Lo primero que hicimos fue el comedor, la cocina, el baño. Pero hacía falta dinero para poder seguir construyendo nuestra casa. Por eso, le dije a mi patrón que necesitaba trabajar horas extra. Él me dijo que no se podía. Entonces, tuve que cambiar de trabajo.

Para 1969 ya tenía un trabajo nuevo. Esta vez, era una fábrica de muebles en Lanús. Ahí me regalaron un placard, un mueble grande y una mesa. Las tres cosas, 36 años después, siguen en casa...

Mi jefe no era muy bueno, era más o menos, pero me dejaba trabajar horas extra. Yo estaba unas once horas por día. Claro que él nunca daba aumento. Sin embargo, me mantuve ahí hasta 1985. Mi mejor compañero era Pedro, el tío Pedro. No es para menos: él me había recomendado. Pero había buena gente: Sergio, Alejo, Gregorio, Pedro, Nicola, Nikita...

Gracias a esas once horas diarias que trabajé, durante los fines de semana pudimos hacer una pieza, que terminamos en 1971. Le vendimos la casa al tío Pedro y vinimos a vivir a Lomas de Zamora, para que las chicas empiecen el colegio acá. La nueva casa era una habitación grande donde estaba la cocina, el baño y la pieza, todo a medio hacer. Pero no importaba: ya estábamos acá, y estábamos decididos a quedarnos.


El día que Víctor fue de Racing
El fútbol me gustó desde que llegué a la Argentina la primera vez. En 1955 ya había elegido equipo: me hice de Boca, por su arquero, Mussimessi. Él cantaba “yo soy nacido en Corrientes, tierra del chamamé, viva Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”.

En 1967, cuando volvimos a la Argentina, me compré mi primera radio para escuchar la final del mundo: Racing contra Celtic. Yo hinchaba por Racing, por supuesto, y al final salió campeón del mundo.

En 1977 o 1978 –no recuerdo– fui por primera vez a una cancha. Jugaban Argentina y Unión Soviética, en River. También fui a la cancha de Boca a ver Argentina-Inglaterra; fui a ver a Boca con un equipo de los que ahora está en la B, no me acuerdo cuál; vi Banfield-Racing...

¿Por qué me hice de Los Andes? Porque pasaba todos los días por la cancha, con el colectivo, cuando iba a trabajar. Empezamos a ir a la cancha, caminando, con Alberto, Eduardo, Nano... Íbamos seguido...

Entre 1966 y 1970, el presidente fue Onganía, pero a mí no me interesaba eso. Ni siquiera compraba el diario. Con el Clarín pasaba algo: o lo comprabas todos los días, o no había, porque se agotaba. Y había otros: Democracia, La Nación, La Prensa, Crítica... Lo que me acuerdo es una publicidad de la radio: “Nada se compara con mosaicos Saponara. Para elegir mejor”. Y los partidos de los viernes. Los viernes escuchaba fútbol. Siempre transmitía Bernardino Veiga.

Víctor y el peronismo
Conocí a Juan Domingo Perón el día de la inauguración del Hospital Evita. Yo vivía a ocho cuadras, así que agarré la bicicleta y fui para allá. Había un cordón muy grande para que la gente no pasara. La vez que estuve cerquita fue cuando se inauguraron Pavón y Mitre, porque no había custodia.

En esa época, Frías se llamaba “Las Tropas”, era una calle de tierra por la que llevaban a las vacas al frigorífico. Para 1971, Oliden ya estaba asfaltada. Y de los vecinos que quedan hoy, ya vivían acá Tito y Dora.

La vida cotidiana
En 1977, la casa ya estaba prácticamente terminada. Nuestro vecino, Lucchesi, trabajaba en Segba y nos prestaba luz, porque nosotros no teníamos, y le pagábamos algo, lo que podíamos. Estuvimos así durante tres años.

Yo dormía de 21:30 a 4:45 y me iba al trabajo en un colectivo que pasaba cada veinte minutos, en el que viajábamos todos apretados.

La comida preferida, en casa, era la carne picada con fideos. Fanny, mi mujer, siempre hacía las compras. A mis hijas les compraba cada semana una revista del conjunto de Leonardo Simmons, del Club del Clan. Recuerdo que, cuando no tenía plata, el diariero me daba las revistas y me decía: “No importa, algún día me las vas a pagar”.

Me robaron una vez, en la Estación Lanús. El colectivo andaba siempre, nada de parar a la noche. Las fiestas, tanto Navidad como Año Nuevo, las pasábamos siempre en nuestra casa, que crecía: en 1978 se empezó a construir la parte de arriba.

La tercera generación
La década del ochenta empezó con novedades. El cumpleaños de Fanny en 1981, cuando cumplió cincuenta años, por ejemplo, fue una fiesta donde hubo mucha gente. Y especialmente el crecimiento de mi primer nieto, Diego (había nacido en 1977). Yo jugaba siempre con él a la pelota. Teníamos una cancha, yo hacía de arquero y él pateaba y pateaba. Y de noche cantábamos juntos Lunita Tucumana. Se portaba muy bien.

Mi segundo nieto es Matías. Él era más tranquilo, hacía todo despacio, no le gustaba tanto patear la pelota. Era diferente a Diego, pero también jugaba mucho conmigo. Cuando creció un poquito jugábamos al fútbol los tres: ellos dos pateaban y yo atajaba. A él lo fui a ver tres veces cuando jugaba a la pelota en Los Andes. Donde lo veía siempre era donde ahora está el supermercado Norte, ahí había unas canchas de fútbol. Lo dirigía Da Gracca; y Matías jugaba bien.

Vanesa nació en 1982 y ya tenía tres nietos, pero ella era la primera mujer. Cuando nació, no estaba tan guapa como ahora, y recién empezó a hablar a los 2 años. Jugábamos los cuatro, íbamos siempre al fondo, y Vanesa jugaba con nosotros aunque era una nena. Ahora que creció, me gusta cuando me viene a molestar y a hacerme reír. En realidad, mis nietos nunca me molestan. Me gusta cuando me vienen a saludar porque lo hacen con mucho respeto.

Enseguida llegó Gaby, que al principio vivió en mi casa. Y en 1984 nació mi último nieto, Martín. Cada dos semanas se juntaban las familias y hacíamos una fiestita.

“Sin nietos no estaría contento”
La verdad es que yo no quería tener más de seis nietos, porque no les iba a poder prestar tanta atención. Al final fueron cinco, y me alegro de que haya sido así. Estoy muy conforme con todos, con mis hijas y mis nietos. Se portan todos bien y no hablan malas palabras entre la familia. Yo me alegraba con ellos, lo único que no me gustaba era tenerlos a upa, porque tenía miedo de que se me cayeran. Pero sin nietos... ¿con quién iba a divertirme? No estaría contento...


Se van para arriba
Yo seguí trabajando en el mismo lugar porque necesitaba la plata: en casa siempre estábamos construyendo algo. Y para eso trabajé: para no decir: ‘Chicos, a ver si me ayudan’. Incluso, ayudé a construir la casa de arriba. Todas las paredes de afuera las hicimos con Alberto, el marido de Elvi. El padre de él puso la luz y los cables; yo hacía las paredes; y otro hombre llenó la loza.

Un hijo adoptivo
Alberto, hasta que empezó a construir su casa, nunca había agarrado una cuchara de construcción. No le importó: él mismo hizo el revoque. ¡Cómo ponía ladrillos, eh! Uno atrás del otro.

Alberto es un hombre que nunca le hizo mal a nadie. Es capaz de perder su plata por no hacerle mal a otro. Él no dice ‘no’ cuando le piden algo. Puede sufrir para ayudar, pero nunca va a decir que no.

Ida y vuelta
Cuando Tati se casó, las cosas cambiaron. Sólo quedábamos con Elvi y su familia. Comíamos junto con ellos. A Gaby y a Martín, mi señora siempre los iba a cuidar. A veces yo también iba, después del trabajo. Nos gustaba estar con ellos, pedíamos que se quedaran una semana en casa. Me acuerdo de que, cuando cruzábamos el puente del ferrocarril, Martín me pedía upa porque tenía miedo. Cuando Tati volvió a casa la recibimos con los brazos abiertos, claro.

El niñero
Muchas veces iba a buscar a mis nietos al colegio. La Escuela 29 que quedaba a diez cuadras. Entre 1983 y 1994, más o menos, siempre había alguno en la escuela primaria. Como yo no los llevaba, pedía y los iba a buscar. Lo más difícil era cuando llovía. La calle 24 de Mayo se inundaba, y ni el colectivo se animaba a pasar. Entonces, esperábamos como una hora hasta que bajara el agua y recién entonces volvíamos a casa. Además fui a algunas fiestas que se hicieron en la escuela, me acuerdo que alguna vez entré.

Raúl Alfonsín
En 1983, cuando Alfonsín asumió la presidencia, parecía que iba bien durante cuatro o cinco meses, hasta que cambió los australes. Antes, la plata argentina era más cara que el dólar. Y de pronto, en cuatro meses, un dólar pasó a valer 30 mil australes. Había mucha inflación. Por ahí iba a trabajar a la mañana y el boleto de colectivo valía tres pesos. Cuando volvía a la tarde ya valía cinco...

En ese momento, nosotros pagábamos las cuotas para comprar el terreno de la casa, todavía. Lo raro era que, como la cuota era fija (29 mil pesos, después 29 mil australes), en un momento salía más caro el viaje en colectivo que el valor de la cuota.

El terreno nos salía en total $6.000.000, a pagar en doce años. En la época de la inflación, todavía debíamos $1.000.000, y lo pagamos todo junto para no gastar más en viaje. Alberto se encargó de pagar la escritura.

Carlos Menem
Parecía un buen hombre, pero después empezaron los paros y a él ni le importaba, no hacía nada. “¿Quieren paro? Hagan, yo no arreglo nada...”. Después hizo todo cada vez peor. Gastaba mucha plata, y en realidad se la quedaba toda él. Puso a María Julia Alsogaray a limpiar el Riachuelo: sacaron dos lanchas hundidas, anotaron que costó millones y no hizo nada más. Los que estaban con él anotaban gastos falsos, no hacían nada y toda la plata iba al bolsillo...

Corralito y después... 
Cuando asumió Fernando De la Rúa, dijo que les iba a aumentar a los jubilados, estuvo dos años y no lo hizo. Néstor Kirchner sí aumentó, enseguida, y luego lo volvió a hacer. Ahora no sé como pueden andar las cosas, hay que esperar. Pero este Gobierno puede hacer las cosas mejor que los anteriores.

Éramos pocos y parió mi nieto
El nacimiento de Micaela, mi primera bisnieta, fue distinto al de mis nietos. Aunque por ahí no puedo jugar tanto con ella, estoy muy contento de haber llegado a tener una bisnieta. Me puso muy feliz haber estado en el bautismo.

Ochenta añitos
Lo que me gusta es que llegué a esta edad con buen humor y con salud. Nunca estuve internado, nunca me tuvieron que hacer una operación. Espero que siga así, nada más.

¿Las cosas que más me gustan? Mmm... Me gusta cuando comemos en el quincho porque, cuando se juntan todos, dicen una broma y otra y otra y se divierten todos. También me gusta meterme a la pileta. E ir al mercado a la mañanita: eso sí que me gusta...

6 de abril de 2016

La quimera del oro (1925)

La quimera del oro es una película dirigida y protagonizada por el inglés Charles Chaplin. Fue estrenada en el año 1925, dura 95 minutos y su nombre original es The Gold Rush.

En una historia tal vez menos pretenciosa que sus mejores obras (Tiempos modernos, El gran dictador), Chaplin juega con las consecuencias de la soledad y la pobreza en el hombre; y es capaz de, pese a tratar temas tan dolorosos, sacar unas cuántas sonrisas.

Al menos eso fue lo que escribí cuando la vi, hace una década. Probablemente, si la viera ahora, pensaría cosas distintas. Pero, lo siento, prefiero ver películas que nunca haya visto.


5 de abril de 2016

El maleficio de la mariposa (Federico García Lorca) [1920]

El maleficio de la mariposa es una obra de teatro escrita por el español Federico García Lorca. Fue publicada en el año 1920 y dura aproximadamente 30 páginas.

La obra está protagonizada por una comunidad de cucarachas, llamadas "curianitas", entre las que se destaca un curianito que se ha enamorado de una mariposa.

Mi comentario lo divido en dos aspectos. El primero es el poético: la obra está escrita en verso y García Lorca demuestra un gran talento para rimar prolijamente sin perder el hilo y el ritmo. El segundo aspecto es el emocional: la obra no me gustó, no me calentó, no me generó demasiada intriga. Seguramente es correcto señalar el rechazo que reciben los distintos (en este caso, el curianito) en la sociedad, pero el modo en el que lo hizo no me llegó.

¿La verdad? Les diría que no la lean, usen su tiempo en otras cosas.

4 de abril de 2016

Cuentos de amor, de locura y de muerte (Horacio Quiroga) [1918]

Cuentos de amor, de locura y de muerte es un libro escrito por el uruguayo Horacio Quiroga que recopila distintos relatos. Fue publicado en el año 1918. La edición que leí tiene 150 páginas.

En líneas generales, me gustó. Me parece un gran pantallazo de la vida a principios del siglo XX fuera de las grandes ciudades, cuando la naturaleza todavía podía matarnos de golpe, con un mordisco de serpiente o un insecto desconocido.

Como soy demasiado exigente, por momentos me aburrí. Leo viajando parado en tren (pantallazo de la vida en el siglo XXI) y por momentos no podía concentrarme en las descripciones de Quiroga. Pero fue en la menor parte del tiempo. Disfruté el libro más de lo que lo sufrí.

De los quince cuentos, los que más me gustaron fueron "Una estación de amor", "El solitario", "La gallina degollada", "El almohadón de plumas", "La insolación", "La miel silvestre", "Nuestro primer cigarro" y "La meningitis y su sombra".

Ahora que me fijo, nombré ocho de los quince cuentos. Si más de la mitad merecen ser destacados, será que este libro me gustó bastante. Así que léanlo, léanlo.

2 de abril de 2016

El fantasma de la ópera (película de 1925)

El fantasma de la ópera es una película dirigida por el estadounidense Rupert Julian. Fue estrenada en el año 1925 y su nombre original es The Phantom of the Opera.

Se trata de una adaptación de la novela escrita por el francés Gastón Leroux en 1910.

Lo que puedo decirles sobre ella es que, para la mentalidad de la mayoría de los que vivimos en el siglo XXI, una película muda y monotemática de 94 minutos es demasiado densa. Ésta en particular sólo se destaca por algunas expresiones de los actores, por su estilo teatral, pero aburre. No la vean.

1 de abril de 2016

El proceso (1925)

Por Leandro Ramosescritor, profesor de literatura e integrante del Movimiento Etiopía

El proceso es, quizás, la novela más famosa de Franz Kafka, publicada luego de su muerte en 1925 por iniciativa de su mejor amigo.

Es la novela kafkiana por excelencia. En ella se ven todas las características que hicieron famosa su obra y que rompieron con la estructura del realismo imperante en las novelas escritas hasta ese momento.

En primer lugar, no hay motivación psicológica en los personajes. Es decir, su accionar es inexplicable en muchas ocasiones. Además, la realidad ya no es el referente del texto: muchas veces los ambientes son de ensueño y tampoco responden a una estructura lógica. El narrador, por otra parte, nunca se preocupa por dar explicaciones de lo que sucede; al contrario, naturaliza hechos inexplicables o se detiene en cosas que no son relevantes.

Estas características son algunas de las que se destacan en una historia que exagera las incoherencias y la irracionalidad de una sociedad dominada por un sistema burocrático que resulta asfixiante.

La novela es muy buena y es un clásico de la literatura moderna, pero hay que saber de antemano cuál es el estilo con el que uno va a encontrarse para evitar falsas expectativas.

29 de marzo de 2016

Aelita, reina de Marte (1924)

Aelita es una película dirigida por el ruso Yákov Protazánov. Fue estrenada en el año 1924 y dura 113 minutos.

Una muy compleja historia de ciencia ficción. Mezcla un montón de cosas: fantasía (un Marte regido por la tecnología y cuya reina se enamora de un ser humano viéndolo a través de pantallas); la vida y la corrupción en la Unión Soviética post revolución; los celos; y el desamor. Me superó, me confundió. Complicadísima.


28 de marzo de 2016

¿Por qué preocuparse? (1923)

¿Por qué preocuparse? es una película dirigida por los estadounidenses Fred Newmeyer y Sam Taylor. Fue estrenada en el año 1923, dura 60 minutos y su nombre original es Why worry? El actor principal es Harold Lloyd.

Recontra típica comedia de enredos, llena de chistes inocentes y situaciones absurdas. Se trata de un burgués que todo el tiempo dice que está enfermo, entonces lo envían a una isla paradisíaca para que descanse. Pero en la isla, justo, hay un golpe de Estado, y él llega en el peor momento.

No me hizo reír ni me gustó. Lo peor es que, en este tipo de comedias, lo más valioso es crear situaciones absurdas pero probables, que puedan ser posibles. En este caso, las situaciones absurdas son fantasiosas, irreales.

Lo único que me gustó un poco fue que funciona como una crítica contra la industria de los fármacos (que crecía a lo bestia en 1923) y también contra la clase alta que, como vive del trabajo de los demás, no tiene nada que hacer y se inventa problemas para sobrellevar su vacío emocional.

22 de marzo de 2016