En Showcase solían presentarse personajes nuevos para testear si tenían una recepción suficientemente buena (o sea, si las revistas vendían mucho) como para darles una serie propia.
¡Fuaaaaa, amigo, está re eufórico el guionista! Le mandó lo más cósmico que se le ocurrió en unas pocas páginas: el mismo Diablo pacta con personas desesperadas que le venden su sombra, con el poder de esas sombras se proyecta en la Tierra, el Espectro es el único que se le puede oponer y arrancan una cagada a piñas mega-mística-etérea-espacial en la que el Espectro le hace estallar encima (no es broma) una bomba atómica, un meteorito y lo echa dentro del volcán de Krakatoa, pero como el Diablo sigue lo más pancho, el Espectro no se anda con chiquitas y, andá a saber cómo, ¡lo manda al momento exacto en el que se produjo el Big Bang! A la re pindonga, el Diablo ahora sí vuela por los aires y listo todo, amigos, a dormir la siestita. No entiendo entonces cómo demonios (valga la paradoja) el Diablo existirá después, si el Spectre lo destrozó en el Big Bang, pero en fin, ya vieron cómo son las historietas de la década del 60.
La historia en sí es malísima y sin explicación científica, religiosa ni nada, pura fanfarria, golpiza y locurita, pero al menos puedo decir que es una de las historietas más pretenciosas que leí en mi vida, casi un recorrido por la historia universal del bien y el mal en unas decenas de páginas.
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